LO QUE BENARÉS ME ENSEÑÓ SOBRE LA MUERTE Y LA MEMORIA

Benarés no cambió mi forma de entender la religión, cambió mi forma de entender la memoria. Comprendí que la memoria no se conserva únicamente en archivos o museos, también vive en los cuerpos, en los rituales, en el humo de una pira funeraria, en un mantra repetido desde hace siglos o en unas flores depositadas sobre un río.

Cuando escribí las lineas que vienen a continuación, aquel diciembre del 2019, no imaginaba que años después terminaría investigando sobre memoria, arte y representación. Quizás fue precisamente en los ghats de Benarés, donde comenzó todo. Mirando atrás, entiendo que este viaje no solo me llevó hasta la ciudad sagrada del Ganges; también me condujo, sin saberlo, hacia las preguntas que hoy orientan mi trabajo.

Llegar a Benarés ha sido una pequeña odisea, pero los buses destartalados y las largas caminatas con una mochila de 30 kilos a la espalda no superan las ganas de llegar a Benarés, la denominada ciudad Sagrada para los hindúes. 

El ambiente cargado de la ciudad presenta la pesadumbre de las almas que aquí mueren. A pesar de la característica vorágine de las calles de la India, en Benarés todo era distinto, al mismo tiempo que familiar. Las abarrotadas callejuelas no dejaban caminar a un paso ligero, facilitando la presencia del momento, absorbiendo el olor de la flor cempasúchil que caracteriza la muerte ritualística de muchas culturas alrededor del mundo, mezclada con el incienso de los templos que purifican el espeso aire que se siente conforme te vas acercando al Ghat del Ganges.

Y de vez en cuando un silencio inconsciente ante el paso de un cuerpo momificado, soportado por una endeble camilla sostenida por algunos jóvenes que esquivan y recorren las calles como si de senderistas expertos se tratase. El mundo se para por unos segundos, respiro el aire que me hipnotiza por un momento, y de repente el ruido, el grito, el pitido y la agitación vuelven, estamos en India. Algunos saborean deliciosos lassis del famoso Blue Lassi Shop, otros regatean los precios de un souvenir al experimentado vendedor y entre todos nosotros la esencia de la muerte pasa inadvertida. 

Me encuentro en un cierto estado de shock disimulado, pues mi primer encuentro con la muerte se me presenta difuso, incluso surrealista. Pero eso es porque mi cita con la muerte debía esperar al día siguiente.

A diario pasa la procesión que transporta un cadáver hacia Manikarnika. Todas las noches arden las hogueras a la orilla del río… Aquí la muerte no se niega. Tal vez por eso mismo pueden decir que la muerte no ha de temerse, sino que ha de recibirse con los brazos abiertos, como un invitado al que hacía tiempo que esperábamos. -Diana Eck (Banaras, city of lights).

Kashi está envuelta en una atmósfera más que sagrada, cargada de una indescriptible sensación a mareo, así es como percibo el centro de Benarés la primera mañana que me dispongo a buscar un desayuno que me recargue las energías que gasté el día anterior en el camino de 8 horas de bus desde Agra, pero el entusiasmo por volver a reencontrarme con la Diosa Ganga mediante sus aguas me hacen ir directamente al Ghat.

Hombres que se sumergen ritualísticamente tres veces en sus aguas para purificarse, otros que juntan las manos a modo de plegaria al tiempo que recitan un mantra, mujeres que venden ofrendas para realizar pujas en el Ganges, niños que corretean por las escaleras… todo tiene una delicada reminiscencia a Rishikesh, pero ahora me siento profundamente absorbida por el entorno que me rodea. Mientras me siento en un escalón en soledad, si es que eso es posible en la India, me cuestiono el ‘quod semper, quod ubique, quod ab omnibus creditum est’ (lo que siempre es, lo que es en todas partes, lo que es creencia de todas las gentes). Si hay algo que me ha sorprendido en mi periplo por el norte de la India es el concepto que se tiene de la vida y por consiguiente de la muerte.

En Bharat, la muerte puede romper los esquemas de los que somos bebedores de las tradiciones monoteístas Abrahámicas, si bien el conocimiento del budismo es algo que se ha extendido por Europa, el hinduismo es una religión supuestamente politeísta de la que simplemente conocemos la representación de sus múltiples dioses porque nos recuerda al mito griego del que procedemos. Y si es cierto que ciertas premisas del hinduismo nos pueden recordar al Islam, como por ejemplo pensar una ‘primera muerte’ antes del juicio, el pensamiento hindú se vuelve a alejar de la premisa musulmana a través de la interminable reiteración de la muerte mediante las múltiples reencarnaciones que nos llevan a experimentar la manifestación impersonal de la consecuencia, y no tanto pensado como un juicio final.

Cuando Krishna recuerda a Arjuna su Dharma en la Bhagavad Gita, nos guía hacía el sentido central de la mortalidad en el hinduismo. 

Quien piensa que el yo encarnado puede ser el que mata o el que es muerto, no ha entendido nada de nada. No mata ni tampoco es muerto. No ha nacido, no muere… No es muerto cuando es muerto el cuerpo… Tal como una persona se despoja de sus vestiduras cuando éstas están desgastadas y se pone unas nuevas, así se despoja el yo encarnado de sus cuerpos viejos para ingresar en otros nuevos (…) existe un tránsito (en la muerte) a otro cuerpo. (ii.18 /ii.12).

Esta transmigración a otro cuerpo nos presenta al Dharma como la piedra angular del sentido de la existencia en cada una de las vidas a las que estamos destinados a experimentar según el Samsara, por lo que no debemos aferrarnos a la consecuencia de nuestros actos mientras cumplamos con el Dharma que nos ha sido asignado. Un precepto que rompe totalmente con la idea abrahámica de que según nuestras acciones seremos juzgados para ir al cielo o al infierno. Sin embargo, el juicio no está ausente en el hinduismo, pero se entiende desde una visión experimental y de aprendizaje y no tanto como un juicio final en el que padeceremos en el fuego del infierno o disfrutaremos de los ríos y manantiales del paraíso.

El Karma, ese concepto que tanto se ha tergiversado en los argumentos de la Nueva Era, no es más que la consecuencia de lo que hemos hecho en el pasado, por lo que, como afirma John Bowker, «lo que hacemos ahora creará las circunstancias en que haya de habitar el ‘jiva’ en el futuro» tanto en esta vida como más allá del renacer. Lo que transmuta es el ‘Atman’ que es el verdadero Brahma, y éste se encuentra en todas las cosas detrás de la ilusión denominada ‘Maya’, y del que todos los dioses del repertorio hindú son subordinados, por lo que la existencia del todo como Brahma convierte al hinduismo en una especie de religión monoteísta, al mismo tiempo creyente de una sola esencia en el universo.

«El yo sigue siendo inmutable pero renace repetidas veces, hasta que halla su propia vía hacia la liberación». El tan esperado Moksha, o conocido para los budistas como el Nirvana. 

Varanasi es la ciudad Sagrada para los hindúes, destino de miles de personas moribundas que emprenden su peregrinaje para poder ser incinerados en los Ghats de la ciudad de la luz y morir esparcidos en el río Ganges. Me pregunto cómo debe de ser la vida teniendo la concepción de que no vas a morir y que el acto de ‘morir’ es solo un pequeño periplo hacía una nueva vida, hacia un nuevo Dharma cargado de todos los aspectos positivos y negativos que ello conlleva.

Observo los rituales que se llevan a cabo a plena luz del día, que parecen ser la rutina diaria en esta ciudad tan particular. A los lejos vislumbro el humo que sale de la chimenea del crematorio, donde he podido corroborar la existencia del fuego eterno, el Agni del Templo de Shiva, el Dios de la destrucción y la reconstrucción.  Un humo que convierte el horizonte en una especie de escenario borroso y desprende una energía que me desorienta, no sé si por un efecto biológico o más bien psicológico, pues mi cuerpo se siente pesado y mi mente totalmente nublada. Quizás sea cierto que el Atman como Brahma no muere, y por eso la atmósfera de Varanashi no me deja indiferente.

Lo que no sabía es que después de siete años Varanasi seguiría en mi mente más conscientemente de lo que habría llegado a imaginar cuando escribí estos pasajes en mi diario de viajes.

Amanezco de madrugada bajo una manta en el hall del Hostel, la alarma del móvil marca las 4:30, y entonces recuerdo, entre risas y conversaciones en idiomas variopintos, que unos cuantos recién conocidos habíamos realizado un acto de fe la noche pasada para presenciar la matutina ceremonia de Arti que se celebra cada madrugada a lo largo del río Ganges en distintos puntos del país. Estábamos en Varanasi, así que experimentar esta ceremonia de buena mañana en la Ciudad de la Luz podía mostrar una visión completamente distinta a la Ceremonia Aarti que viví semanas atrás en Rishikesh. 

La neblina desvanecía toda imagen clara del horizonte, la sensación de estar en una dimensión totalmente distinta a la realidad se iba desvaneciendo cuando mi olfato seguía el camino que me llevaba a uno de los primeros puestos de Chai que acababan de abrir. El aroma, el sabor a especias y el calor que emanaba de la pequeña taza de té empezó a despertarme en la realidad de una forma cálida al mismo tiempo que excitante, la Ceremonia Aarti en Kashi era uno de los principales motivos de este viaje.

El cielo encapotado, la fina llovizna y la gélida brisa matinal acogían a cientos de personas, en su gran mayoría hindúes, que esperaban a que las manecillas de su reloj marcaran la hora para dar paso a la Ceremonia y realizar las primeras pujas y el primer baño de purificación del día. 

El continuo olor a incienso que caracteriza a Varanasi era aún más fuerte de lo normal, quizás por ser temprano y tener aún los sentidos atrofiados, o quizás porque dicho olor anunciaba una bella estampa de lo que ocurriría unos minutos más tarde, la gran tormenta. Y así, en silencio, bajo el caos de la gente corriendo para cobijarse de la fuerte lluvia, resguardada en el porche de un pequeño templo presidido por un Baba, presencié la madrugada más bella de la India. Cada día que pasa Varanasi me sumerge más en sus misterios.

Se dice en el Bhagavad Gita que si a lo largo de nuestra vida dedicamos nuestras acciones al servicio de Krishna, a la hora de la muerte se nos representará la consciencia de Brahma como el último pensamiento de esta vida material, lo que facilitará la unión con el Ser Supremo. Así, no importa la casta o clase social a la que pertenezcamos, mientras nuestras acciones estén alineadas con el Dharma asignado y en su transcurso se tenga consciencia del Supremo.

Las noches en Benarés se iluminan por las farolas que desprenden un color anaranjado en cada uno de los ghats que protagonizan los actos más transcendentales de esta ciudad. La atmósfera sigue siendo pesada, pero a estas alturas esa pesadez se ha vuelto parte de mi ser y ya no molesta ni me parece insoportable, la acepto como un estado transitorio en el que me encuentro actualmente. 

El paseo por los ghats en la oscuridad va acompañado de algunos perros callejeros que buscan una caricia o un juego infantil, además del hedor característico al que ya me empiezo a acostumbrar, la ceniza de nuestros propios restos terrenales. El fuego de algunas piras ya se desvanecen entrada la noche, pero en absoluto silencio vislumbro un pequeño grupo de personas que hacen presencia ante la cremación de un fallecido. Me encuentro en el Ghat de Harish Chandra, donde se llevan a cabo los rituales funerarios de las personas con menos recursos, a los que aquí en India denominan ‘Dom’, según su registro de castas.

Como dice Swami Prabhupada en su prólogo del Bhagavad-Gita tal como es, 

«El proceso de abandono de este cuerpo y de obtención de otro cuerpo en el mundo material, también está organizado. El hombre muere después de que se ha decidido qué clase de cuerpo tendrá en la vida siguiente. De acuerdo con nuestras actividades en esta vida, o bien ascendemos, o bien nos hundimos. Esta vida es una preparación para la siguiente. De manera que, si podemos prepararnos en esta vida para ser promovidos al Reino de Dios, entonces, después de dejar este cuerpo material, es seguro que obtendremos un cuerpo espiritual tal como el del Señor»

Parece incoherente como se representa la muerte como una ajusticiadora cuando en esta vida misma existe un sistema de castas y desigualdad tan arraigado a la propia religión y creencia. Sin embargo, tal juicio de valor, inevitable en una situación como tal y con un bagaje cultural totalmente distinto al indio, es necesario apartarlo cuando te haces consciente de que, a fin de cuentas, todos vamos a morir y todos seremos enterrados según la tradición a la que pertenezcamos; religiosa, laica o secular. 

El Chandala o Dom, aún estando excluido de los rituales y la tradición sagrada, forma parte del sistema dhármico, y en parte por ello son los que suelen ejecutar los ritos funerarios de los aryas, aquellos que ocupan las castas tradicionalmente consideradas más elevadas dentro del orden social hindú. Como afirma Agustín Pániker, ‘puesto que la muerte es un momento de máxima polución es el impuro dom quien atiende en la pira de cremación’, y éste, a pesar de estar a los márgenes de la sociedad según el sistema de castas, su papel es vital en el sistema.

Vuelvo a poner en práctica el Pratyahara de Patanjali, para tomar distancia de mis propias ideas y simplemente ser y estar en el momento presente ante tal conmovedor ritual ante un grupo de personas con las que, a fin de cuentas, sin importar clases o jerarquías, me siento igual de identificada en lo que respecta al dolor de la pérdida. El resto queda en mi recuerdo y en uno de los momentos más transcendentales que he vivido en este periplo por la India.

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